Un diagnóstico solo sirve si recoge lo que de verdad ocurre, y eso depende de que las personas puedan responder con sinceridad. Las respuestas a una encuesta son siempre subjetivas y se distorsionan con facilidad: basta la presión de la cultura de la empresa —o la de quien dirige, mirando por encima del hombro— para que todo el mundo conteste lo que se espera oír. Por eso las encuestas de evaluación son anónimas, se explica antes para qué sirven y qué se espera de ellas, y sus resultados se toman como datos en bruto que hay que calibrar, contrastándolos con la observación directa del trabajo diario. Cuando las condiciones de la medida condicionan la respuesta, lo que se mide es la presión, no la agilidad. Un diagnóstico dictado no es un diagnóstico: antes de medir, hay que asegurar que se puede responder con libertad.
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