El objetivo de la gestión ágil no es entregar más rápido, sino entregar más valor, más temprano: la velocidad es un medio; el valor, el fin. Esta distinción, que siempre fue importante, se vuelve crítica cuando la asistencia inteligente puede multiplicar la producción, porque producir mucho no equivale a aportar valor, y a veces sólo añade volumen, o incluso ruido, al producto. La capacidad disponible no es una necesidad: cuando ejecutar se abarata, la tentación es encargar trabajo simplemente porque se puede producir, y el resultado son funcionalidades que nadie pidió y que complican o desvirtúan el producto. Por eso, cuanto más barata es la ejecución, más valiosa y más escasa se vuelve la actividad de decidir bien qué construir — y mantener el valor como norte es lo que impide que la velocidad se convierta en un fin en sí mismo.
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