En todo trabajo del conocimiento conviven dos cosas distintas: decidir qué hay que hacer y ejecutar lo decidido. Durante toda la historia de la gestión ágil, el cuello de botella estuvo casi siempre en la ejecución: escribir el código, redactar el documento o producir la pieza costaba tiempo y esfuerzo humano, y en torno a ese esfuerzo se organizaba, se estimaba y se medía el trabajo. Al abaratar la ejecución, la asistencia inteligente traslada el punto estrecho de producir a decidir y validar: generar más deprisa no deshace el atasco, lo engorda. Lo escaso ya no es escribir, sino decidir bien y validar lo producido — y todo lo dedicado a esas dos cosas gana peso en el equipo, mientras que la maquinaria que existía para coordinar la ejecución lo pierde.
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