Antes de construir una solución conviene saber si alguien la va a usar, y para averiguarlo casi nunca hace falta construirla. Para cada supuesto hay una escalera de experimentos, de más barato a más caro: la entrevista sobre el problema, la maqueta navegable, el Mago de Oz —personas que simulan entre bastidores el servicio que aún no existe—, el prototipo funcional, el piloto con un grupo acotado y el lanzamiento gradual. La regla profesional es subir solo el peldaño necesario, comprando la evidencia del supuesto en juego al precio más bajo que la dé. Un asistente atendido por personas durante dos semanas, con un grupo pequeño, basta para saber si los usuarios preguntan; y regala algo aún más valioso: el catálogo real de lo que preguntan, materia prima de todo lo que se construya después.
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