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04/12/2025 | Canal Ia Para Agilistas
Una encuesta reciente realizada a 1400 empleados en EEUU revela que el 76% de los ejecutivos creen que sus empleados se sienten entusiasmados con la adopción de la IA; pero la realidad es otra.
Hay una escena que se repite en organizaciones de todo el mundo. El CEO anuncia con entusiasmo la nueva estrategia de IA. Los slides hablan de productividad, eficiencia y transformación. El equipo directivo asiente. Pero en los equipos que realmente usarán las herramientas, el ambiente es diferente: escepticismo, preocupación por el empleo, frustración por la falta de formación, y la sensación de que nadie les ha preguntado si eso es lo que necesitan.
Una encuesta de BCG y Columbia Business School publicada en Harvard Business Review en noviembre de 2025 cuantifica la brecha: el 76% de los ejecutivos cree que sus empleados están entusiasmados con la adopción de IA en su organización. Pero solo el 31% de los trabajadores sienten realmente ese entusiasmo.
La investigación de BCG y Columbia revela un patrón consistente de desconexión entre la dirección y la base. El hallazgo más significativo es la "centralidad en el empleado". Es el factor que mejor explica el éxito en la adopción de IA: lo fundamental no es el sector tecnológico ni el presupuesto; es si la organización escucha a su gente.
Cualquier imposición de cualquier herramienta, ya sea IA o no, conlleva una serie de emociones y reacciones en los empleados que pueden perjudicar no sólo la productividad sino a la propia cultura:
Puede darse el caso que la propia resistencia de los empleados genere frustración en los directivos, hasta el punto de que estos opten por un enfoque más coercitivo: "aumenta tu productividad o podrían despedirte". El resultado es predecible: daño en la moral, erosión del entusiasmo y resistencia a la adopción.
Cuando los empleados no se sienten valorados, no asumen los riesgos que requiere la adopción de IA. Resisten pasivamente, hacen lo mínimo para mantener su empleo, generan output de baja calidad, o simplemente se van a organizaciones que les traten mejor.
Al final el fracaso no es por un problema tecnológico, es un problema humano: la resistencia de los empleados y/o el apoyo inadecuado de la dirección.
El marco de investigación de BCG y Columbia identifica tres áreas clave que definen si una organización está centrada en sus empleados:
Estas no son prácticas soft. Son principios operativos fundamentales que construyen confianza y seguridad psicológica. Sin esta centralidad en el empleado, ninguna herramienta que suponga un gran cambio va a ser adoptada con éxito. Los empleados deben sentirse escuchados, de lo contrario, cualquier cosa que involucre a su trabajo y trastoque sus rutinas, se verá como algo perjudicial. Y es probable que negarles la oportunidad de decidir sobre su propio rol y su trabajo denote una baja autonomía, y la motivación y autoestima bajen.
Desde la filosofía de gestión ágil, estos hallazgos refuerzan principios que conocemos bien:
La adopción de IA está funcionando como un test de estrés para las culturas organizacionales. Las empresas que ya escuchaban a sus empleados, que ya tenían canales de feedback funcionales, que ya valoraban a las personas por encima de los procesos, están adoptando IA con menos fricción. Las que operaban con mando y control, las que trataban a los empleados como recursos fungibles, están encontrando resistencia.
La brecha del 45% entre lo que creen los ejecutivos y lo que sienten los empleados no es solo un dato incómodo. Es una señal de alarma sobre la calidad de la comunicación y la confianza en la organización. Y cerrarla no requiere más tecnología. Requiere más escucha, más honestidad y más respeto por las personas que harán que la IA funcione (o no) en el día a día.
¿Cómo está gestionando tu organización la adopción de IA?
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Jorge Sánchez López 08/01/2026 11:38
Pero hay algo más incómodo que debemos poner sobre la mesa: el problema no es que la gente no se entusiasme con la IA; el problema es que muchas organizaciones no saben —o no quieren— leer lo que está ocurriendo en sus propios equipos.
La mayoría de las iniciativas de IA fracasan antes siquiera de arrancar porque nacen desde arriba, con una narrativa ya cerrada. Se habla de productividad, de eficiencia, de cifras. Pero nadie habla de identidad profesional, de control sobre el propio trabajo, ni de cómo cambia el valor de lo que haces cada día.
Ahí es donde aparece la resistencia. No como rebeldía consciente, sino como defensa.
Cuando un empleado duda, no está diciendo «no quiero usar IA». Está diciendo «no entiendo qué va a pasar conmigo».
Y eso no se arregla con más herramientas, ni con un curso puntual, ni con un mensaje inspirador del consejero delegado.
Se arregla con conversaciones reales. Con líderes que se sienten a escuchar sin tener la respuesta ya preparada. Con claridad sobre qué funciones cambian, cuáles no, y qué se espera de cada cual. Y con espacios donde se pueda probar, equivocarse y aprender sin miedo a quedar señalado.
Hay otro punto clave que echo en falta en muchas conversaciones sobre IA —y que este artículo deja entrever— y es la confusión entre adopción y uso real. Instalar herramientas no es adoptar. Autorizar su uso no es integrar. Y medir ahorro de tiempo no significa que el trabajo sea mejor.