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¿Los datos respaldan que eliminar el trabajo en remoto mejora el rendimiento? ¿O estamos viendo una reacción más vinculada a la necesidad de control y a cierta incomodidad ante la autonomía?
En pocos años hemos pasado de “la oficina es el centro del trabajo” a “todo se puede hacer en remoto”… y ahora, a una nueva fase: grandes empresas anunciando vuelta obligatoria a la oficina, en muchos casos cinco días por semana. Amazon, JPMorgan, TikTok, Google, Meta o Zoom han endurecido sus políticas de presencialidad alegando mejor colaboración, cultura y, sobre todo, productividad.
Pero, ¿realmente los datos respaldan que eliminar el trabajo en remoto mejora el rendimiento?
Los estudios de los últimos años dibujan un escenario mucho más matizado: el impacto del remoto depende del tipo de trabajo, del diseño del modelo híbrido, de la calidad del liderazgo y de cómo medimos el rendimiento, más que de una batalla binaria “casa vs. oficina”.
Desde 2020 el trabajo remoto dejó de ser una rareza. Sin embargo, el año pasado y este año ha habido una oleada de políticas de vuelta a la oficina. ¿Es solo una moda conservadora? No exactamente.
Con este panorama, quizá la pregunta no sea “¿remoto sí o no?”, sino otra más incómoda: ¿estamos tomando decisiones de diseño del trabajo… o decisiones de control?
Si buscamos estudios con calma, el mensaje está menos polarizado que algunos titulares: el trabajo en remoto o híbrido no reduce la productividad por defecto y, en muchos casos, la mejora gracias a menos interrupciones y mejor concentración. El teletrabajo también se asocia con menos costes de oficina y una ligera reducción en el crecimiento de los costes laborales unitarios.
Otros estudios consideran que los trabajadores totalmente remotos tienen alto engagement, pero menor percepción de bienestar global y mayor estrés y soledad. Aunque el impacto en el bienestar depende mucho de la calidad del liderazgo, las cargas de trabajo y la capacidad de desconexión.
Y, ¿qué hay de los empleados? Aparentemente la mayoría de personas con trabajos “remotizables” prefiere modelos híbridos, una minoría quiere full remote y una minoría mucho menor desea estar siempre en oficina.
En resumen: el remoto puede ser muy productivo… pero no lo es siempre ni para todo el mundo. Y lo mismo podríamos decir de la oficina.
Cuando leemos las comunicaciones oficiales sobre la vuelta a la oficina, los argumentos se repiten: “cultura”, “colaboración”, “innovación”, “apoyo a las personas junior”. Son razones legítimas, y hay evidencia de que la interacción cara a cara facilita la coordinación y el aprendizaje informal.
Sin embargo, en paralelo emergen otros datos incómodos:
Aquí aparece la pregunta clave para la gestión ágil: ¿estamos diseñando el sistema en torno a resultados y valor… o en torno a la comodidad psicológica de ver a la gente ocupada?
Daniel Pink, en Drive, sintetiza décadas de investigación sobre motivación intrínseca en tres ejes: autonomía, maestría y propósito. Cuando reducimos la conversación a “te quiero en la oficina porque así te veo”, estamos tocando directamente ese primer eje: la autonomía.
Desde la óptica de la agilidad, lo relevante no es “dónde se sientan las personas”, sino:
La seguridad psicológica es un predictor clave de aprendizaje y rendimiento en entornos complejos. Un modelo de vuelta a la oficina impuesto, sin diálogo ni datos, suele erosionar esta seguridad: la conversación deja de ser “¿qué necesitamos para rendir mejor?” y se convierte en “¿obedecemos o no obedecemos?”.
También conviene reconocer una trampa frecuente: la microgestión no desaparece en remoto; se digitaliza. En lugar de pasear entre mesas, algunos managers pasan a exigir presencia constante en videollamadas o respuestas instantáneas en chat. En lugar de confiar en objetivos y resultados, se usan herramientas de monitorización (pantallazos, tracking de teclas, etc.) que deterioran la confianza de base.
Curiosamente, muchas de las organizaciones que más sufren con el remoto son aquellas que ya tenían problemas previos de claridad de objetivos, coordinación y confianza. El modelo remoto no crea estos problemas; simplemente los hace visibles.
La agilidad nos ofrece otra opción: gestionar por propósito, acuerdos de equipo y métricas de valor. La ubicación es una variable de diseño, no el núcleo del sistema de control.
Si aceptamos que no hay una respuesta universal, la pregunta práctica pasa a ser: ¿cómo decide una organización, un departamento o un equipo qué nivel de remoto le conviene… sin caer en la guerra de opiniones?
Antes de cambiar políticas, merece la pena revisar qué estamos midiendo. Por ejemplo, la calidad, defectos, incidencias en producción, rotación voluntaria (y motivos de salida), indicadores de bienestar...
Una organización que ya sabe cómo evoluciona todo esto puede hacerse preguntas más concretas:
Tratar de imponer modelos uniformes para toda la organización rara vez es útil. Una alternativa más alineada con la agilidad:
La clave no es que todos tengan el mismo número de días, sino que puedan justificar con datos y feedback por qué su diseño tiene sentido.
En lugar de anunciar “esta es la política definitiva”, podemos tratar el modelo de presencialidad como un experimento de producto interno:
Este enfoque convierte la discusión en algo más práctico: “¿qué hemos observado?”, “¿qué ajustamos?”.
Si el verdadero problema es la necesidad de control, el cambio de modelo no se resolverá ni con remoto ni con oficina. Requerirá revisar el sistema de gestión:
Los datos globales muestran que el impacto del remoto no es homogéneo: personas con responsabilidades de cuidados tienden a valorar más la flexibilidad; mientras que personas más jóvenes y en etapas iniciales de carrera suelen preferir más espacio presencial para aprender por observación y construir redes.
Por eso, decisiones de “todo el mundo a la oficina” corren el riesgo de castigar desproporcionadamente a algunos colectivos y deteriorar la diversidad de la organización. La propuesta de muchas instituciones converge en una idea: equilibrar necesidades organizativas y preferencias individuales a través del diálogo y la flexibilidad inteligente.
Después de revisar estudios, informes y casos, podemos afirmar algo con bastante seguridad: no existe una respuesta universal a la pregunta “¿hay que eliminar el trabajo remoto?”
Lo que vemos es que el remoto e híbrido han llegado para quedarse en muchos sectores. Reducirlos a cero suele tener costes en talento, rotación y reputación. La oficina sigue aportando valor real como espacio de colaboración intensa, aprendizaje informal y construcción de relaciones.
Pero la realidad es que no somos nadie para juzgar si una organización “debería” ser remota, híbrida o presencial. Lo que podemos hacer es algo muy ágil:
Quizá la pregunta que necesitamos no es “¿remoto sí o no?”, sino: "¿cómo diseñamos nuestro trabajo para que los equipos puedan aportar su máximo valor, con el nivel de autonomía y conexión que cada contexto necesita?"
Jorge Sánchez López 12/01/2026 10:30
El debate real no va de ubicación, va de liderazgo y diseño del trabajo.
Cuando una organización necesita ver a la gente para “sentir” que trabaja, el problema no es el remoto: es la gestión por presencia disfrazada de cultura.
Si no hay objetivos claros, feedback y confianza, ni la oficina lo arregla.
Pregunta: “Si mañana obligamos a volver a la oficina, ¿qué problema real de gestión se resuelve… y cuál solo se oculta?”
Marta Berné 12/01/2026 11:26